Conservar, restaurar y aprovechar: El destino de los ecosistemas.

En la actualidad, los problemas ambientales nos preocupan por los graves efectos que causan. Esto tiene efectos sobre los humanos debido a la dependencia que tenemos con los ecosistemas para sobrevivir.

El mundo como voluntad y representación, I, p. 416: “Como sobre el mar embravecido, que, ilimitado por todos lados, levanta y abate rugiendo montañas de olas, un navegante está en una barca, confiado en la débil embarcación; así está tranquilo, en medio de un mundo de tormentos, el hombre individual, apoyado y confiando en el principium individuationis [principio de individualismo]”

El nacimiento de la tragedia de Friedrich Nietzsche.

 

Frente a interrogantes como el de la responsabilidad de pago por los servicios ambientales y el resguardo del capital natural, la reflexión sobre el tema de la apropiación social de los elementos naturales y el papel de las comunidades rurales en el manejo y conservación de la biodiversidad cobra renovada vigencia. 

Aunque en muchos casos persiste un conflicto absurdo en la oposición entre enfoques productivistas y conservacionistas, es necesario reconocer que la producción y la conservación son componentes complementarios, como es el caso de los recursos forestales. La conservación de los recursos a través de la regulación de la cosecha, bajo el principio de rendimiento sostenible (enunciado por Hans von Carlowitz hace 300 años, en 1713), y la conservación de los suelos para mantener la productividad de sitio de la que depende a su vez la producción de la madera y otros recursos (como lo señala Heinrich Cotta desde 1816), han sido considerados como parte del manejo forestal desde sus orígenes como profesión y como disciplina científico-técnica. Sin embargo, una perspectiva errónea del manejo forestal, centrada solo en el manejo de masas arboladas para la producción de madera dirigida al abasto de la industria y el mercado, sin poner atención a la complejidad de los ecosistemas forestales (Puettmann et ál. 2009), ha desviado la atención del papel que juega la conservación como parte del manejo forestal, lo cual ha tenido consecuencias no solo en la degradación de las áreas forestales, sino también en la disminución de su productividad (Smith et ál. 1996, Perry 1998).



La disyuntiva ambiental. 

En la actualidad, los problemas ambientales nos preocupan por los graves efectos que causan. Esto tiene efectos sobre los humanos debido a la dependencia que tenemos con los ecosistemas para sobrevivir. La obtención de materia prima, alimentos y de otros materiales a través de las actividades productivas como la agricultura, la acuicultura y silvicultura, se hace sobre la base de los ecosistemas.

El manejo de estos se postula entonces como el proceso a través del cual se definen tanto las condiciones ecológicas que se requieren mantener para asegurar un ecosistema sano, como las acciones que se requieren para lograrlo (Harwell et al. 1999). En este proceso se reconoce que es fundamental entender la relación que tienen los grupos humanos con los ecosistemas y las formas en que las sociedades toman decisiones sobre los recursos y los servicios que brindan.

 

Los bosques: el emblema de los ecosistemas.

Los ecosistemas forestales son la combinación de paisaje, especies, topografía y clima unidos por procesos físicos y bióticos específicos de cualquier sitio y, lo que es más importante, están ocupados por árboles como vegetación dominante. Cuanto más grande sea, más complejas serán las interacciones potenciales. Sin embargo, los seres humanos afectamos los bosques a muchas escalas. En rodales individuales, nuestras actividades influyen en la composición, cobertura, edad y densidad de la vegetación. A escala de paisajes, modificamos los tipos de rodales presentes y su disposición espacial, lo que influye en el movimiento del viento, el agua, los animales y los suelos. A nivel regional, introducimos en el aire subproductos que pueden fertilizar o matar los bosques. A escala global, nuestro consumo de combustibles fósiles ha aumentado los niveles de dióxido de carbono atmosférico y posiblemente ha cambiado la forma en que el carbono se distribuye en la vegetación, los suelos y la atmósfera, con implicaciones en el clima global.

Según datos de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (2020), en México, se cuenta con una superficie de 137.8 millones de hectáreas (ha) cubiertas por algún tipo de vegetación forestal. De éstas, 65.7 millones de ha (47.7%) corresponden a superficie arbolada por bosques, selvas, manglares y otras asociaciones vegetales; 56.3 millones de hectáreas (40.8%) están cubiertas de matorral xerófilo, es decir, vegetación de zonas áridas y semiáridas; y otras áreas forestales cubren 15.8 millones de ha (11.5%).

Los bosques templados constituyen 20% de la cobertura forestal que los hace la clase de bosques más ampliamente distribuida. De esta proporción, 5% es ocupado por bosques de encinos, 14% por bosques de pino y pino-encino y 1% por otras coníferas (Rzedowski, 1991). 

Históricamente, los bosques de pino y bosques de encino poseen una tasa de deforestación anual promedio mayor a 0.5%, y en algunas regiones tienen mayor tasa de deforestación y de cambio de uso de suelo que las selvas; esto ha repercutido en la disminución de su extensión y del número de especies que albergan (Galicia, 2015). Debido a lo anterior, los bosques templados contienen un alto número de especies amenazadas, en peligro de extinción y sujetas a protección especial por la NOM-059-SEMARNAT-2010 (Diario Oficial de la Federación [DOF], 2019). Por ejemplo, los bosques de coníferas contienen un total de 453 especies en diferentes categorías de protección.

La productividad primaria del bosque es de suma importancia debido a que es una de las variables base del sistema ecológico, ya que determina todas las interacciones de la cadena trófica, así como los beneficios económicos para las comunidades rurales. Los cambios en la biomasa y sus componentes son un indicador importante de la productividad, el potencial energético y la capacidad de absorción de C (Carbono) atmosférico de los bosques. De acuerdo con cifras de la FAO (2015), durante los últimos 25 años las existencias de carbono de la biomasa forestal a escala mundial se han reducido en casi 17.4 Gt, lo que equivale a una disminución de 697 millones de toneladas anuales o aproximadamente 2.5 Gt de dióxido de carbono liberado a la atmósfera. Dichas emisiones son el resultado del cambio de cobertura y cambio de uso del suelo, principalmente derivado de la conversión de tierras forestales a tierras agrícolas.

 

Aprovechamiento silvícola.

Actualmente, en México alrededor de 6% de las áreas forestales están bajo algún programa de manejo silvícola; esto podría considerarse una extensión de bosque donde es posible reconocer las prácticas forestales. Sin embargo, la extracción ilícita de madera industrial se estima en alrededor de 13 millones de metros cúbicos al año (Masera Ceron y Ordóñez, 2001).

 Hoy sabemos que el éxito de la extracción ilícita de madera se basa en la eficiente operación de la cadena productiva que incluye desde la corta furtiva, el transporte, la industrialización hasta la comercialización. Por otra parte, Caballero-Deloya (2008) menciona que las prácticas forestales legales y organizadas a escala comunitaria y ejidal han sido poco viables por la discrepancia entre la realidad de las prácticas forestales y las políticas de regulación excesiva que existen en torno al uso del bosque.

En México se estima que hay 8,500 comunidades forestales, y que la economía de las mismas se caracteriza por la diversificación de actividades relacionadas con el uso del bosque o de la transformación de superficies a usos agrícolas y pecuarios.

Si bien es cierto que el manejo forestal comunitario ha sido destacado en la literatura internacional como un mecanismo eficiente para proveer ingreso al mismo tiempo que genera prácticas de conservación de los sistemas forestales, los mecanismos por los cuales este tipo de prácticas se vuelven exitosas van más allá de la propia comunidad. En México, los factores que inciden en que el manejo forestal comunitarios sea exitoso incluyen un marco institucional claro, beneficios económicos y ecosistémicos de corto y mediano plazo, derechos de propiedad y uso (Adcharaporn Kim y Daughtery, 2006), acceso equitativo (Vázquez, 2015), la capacidad de adaptación de las comunidades a las condiciones externas, así como una relación de confianza entre gobierno y comunidades (Segura-Warnholtz, 2014).

 

Conservar y restaurar para aprovechar los ecosistemas. 

Existen importantes regiones en excelente estado de conservación a pesar de la presión que ejercen las prácticas antropogénicas que ahí se desarrollan y, por el contrario, hay zonas con baja presión demográfica fuertemente impactadas por actividades económicas diversas. El ejemplo más claro es la nueva minería a cielo abierto de capital privado trasnacional y nacional que se practica aun en zonas consideradas estratégicas para la conservación de la biodiversidad.

La alternativa al debate sobre las formas de propiedad en México se ha dado a través de lo que se llama el "nuevo discurso patrimonial en el aprovechamiento de los recursos naturales" (Díaz, 2001). Cuando las instituciones comunitarias mantienen su vigencia, los recursos se conservan, se renuevan y perduran en el tiempo. Condiciones de fragmentación de las tierras agrícolas, baja rentabilidad, imposición de modelos tecnológicos adversos a la conservación de los ecosistemas naturales y culturas locales, y la disminución de la capacidad productiva de los suelos, han inducido cambios en el uso de suelos de vocación forestal. Aunque en gran parte de México la fragmentación de la tierra en minifundios es un hecho indiscutible, se presenta tanto en propiedades individuales como en propiedades colectivas.

Sin embargo, cabe señalar la abundancia de ejemplos de buen manejo agrícola en predios pequeños alrededor del mundo. Las formas privadas de aprovechamiento de los recursos naturales en comunidades y ejidos son fundamentalmente las actividades vinculadas con la producción agrícola que tienen una lógica asociada con el manejo comunitario de los recursos y los territorios comunitarios. Los calendarios agrícolas, los tiempos de aprovechamiento del bosque y el trabajo fuera de la comunidad, entre otros, son procesos relacionados entre sí y con los mecanismos colectivos de toma de decisiones.

Los sistemas productivos bajo un esquema de desarrollo sustentable deben ser económicamente rentables, socialmente aceptables y ecológicamente viables. Este carácter jerárquico y multiescalar de los procesos del ecosistema hace imposible establecer límites precisos sobre dónde acaba uno y empieza el otro. Más bien existe un continuo de componentes y procesos interrelacionados que se intercalan a diferentes escalas espaciales y temporales. Cuando uno trabaja con un ecosistema, delimita sus fronteras de manera un tanto arbitraria, dependiendo de los objetivos e intereses particulares. Una vez definida la escala espacial y temporal a la que se trabajará, debe reconocerse que en realidad se trata de un subsistema de un ecosistema mayor que lo contiene, por lo que éste recibe influencias y, a su vez, tiene influencia sobre el sistema mayor.

Los ecosistemas no son ambientes uniformes y estáticos sino más bien diversos y dinámicos. Lo que se aprecia como homogéneo y estático a una escala, se torna muy heterogéneo y cambiante en otra. Por ejemplo, un tipo de suelo nos parecerá relativamente homogéneo si analizamos una hectárea de terreno, pero si el estudio lo hacemos a escala de kilómetros cuadrados, nos daremos cuenta de que existen una gran variedad de suelos con orígenes y propiedades marcadamente distintas. De igual forma, si analizamos la composición de especies de árboles en un bosque durante una década, difícilmente veremos cambios significativos, sin embargo, un análisis del registro palinológico (de polen) en sedimentos lacustres, mostrará que han ocurrido cambios importantes en la composición de especies de la vegetación en lapsos de miles de años.

Los ecosistemas naturales no son sistemas teleológicos, esto es, no están estructurados ni funcionan siguiendo un plan, diseño u objetivo predeterminado por algún controlador central (Patten y Odum 1981). Más bien cada componente, biótico o abiótico, tiene propiedades y características que determinan su particular forma de interactuar con el resto de los componentes del sistema. La estructura y el funcionamiento del ecosistema son producto del intrincado acoplamiento de los componentes que, de manera simultánea, ocurren en un espacio y tiempo dados. 

Durante millones de años, se han ido acoplando componentes bióticos y abióticos, en diferentes lugares y a diferentes escalas, conformando los ecosistemas que conocemos hoy en día. Así por ejemplo, tenemos ecosistemas altamente diversos y productivos en las zonas tropicales del planeta; ecosistemas muy simples y poco productivos en las zonas polares; ecosistemas muy dinámicos en los ríos y ecosistemas fuertemente estacionales en las zonas templadas. Muchos de estos ecosistemas tienen componentes y procesos similares, pero también tienen componentes y procesos muy particulares, que les confieren características y propiedades únicas a cada tipo particular.

La especie humana ha desarrollado habilidades tecnológicas que le permiten transformar los ecosistemas naturales de manera sin precedente en la historia del planeta, por lo que no se trata de un componente más en el ecosistema. A diferencia del resto de las especies el hombre, al transformar un ecosistema, generalmente lo hace con un propósito, lo que le confiere un carácter claramente con un enfoque tecnológico. Esto es, tanto los componentes como los procesos funcionales del ecosistema transformado son manipulados a fin de lograr un estado deseado del sistema. 

No todos los ecosistemas tienen la misma vulnerabilidad a la intervención de los seres humanos. Una misma perturbación tendrá un efecto muy diferente bajo condiciones de clima, topografía, suelo y vegetación diferentes. Así, por ejemplo, la pérdida de cobertura vegetal tendrá un impacto menor en una zona plana que en una zona con pendiente pronunciada, pues en esta última la erosión será mucho más acelerada. De igual forma, un suelo con agregados estables, resistirá mejor a la compactación por el paso de la maquinaria agrícola, que un suelo sin agregados.

Es importante distinguir entre la resistencia y la resiliencia de un ecosistema (Holling 1973). La primera hace referencia a la capacidad que éste tiene para absorber los efectos de una perturbación. La resiliencia, en cambio, se refiere a la capacidad que tiene el ecosistema para regresar lo más posible a su estado previo a la perturbación. Por ejemplo, la gruesa corteza de los pinos les permite resistir al fuego, mientras que la capacidad de rebrote de algunas especies es más bien una propiedad de resiliencia. La estabilidad de un ecosistema es el resultado de estas dos propiedades. Ante perturbaciones de baja magnitud, el ecosistema generalmente se recupera sin muchos problemas. Sin embargo, ante eventos de gran magnitud, la recuperación del sistema se vuelve más difícil. En algunos casos la transformación del ecosistema es de tal severidad que, aún cesando la perturbación, éste ya no regresa a un estado similar al original.

Por lo anterior, el reconocimiento de los espacios de acción colectiva en ejidos y comunidades no es un tema nuevo, pero sí lo es el análisis del manejo de los recursos naturales orientado por la teoría de la acción colectiva enfocada a los recursos naturales. El énfasis de este artículo no está centrado en la constitución de las organizaciones, sino en los arreglos colectivos que permitan la apropiación duradera de los recursos naturales, sobre bases de equidad y valoración ambiental y sociocultural. Lejos de ser una condición universal, "la tragedia de los bienes comunes" resulta en muchos casos un falso problema. La posesión comunitaria de la tierra no implica libre acceso a los recursos naturales; por el contrario, la sanción colectiva evita el reparto inequitativo de un bien común. En muchos casos "la tragedia" ha resultado de la imposibilidad de integrar la posesión y el usufructo pleno, del tutelaje excesivo del Estado sobre las tierras comunitarias, la imposibilidad del pleno ejercicio de la comunidad sobre sus recursos. Históricamente, el libre acceso y otros problemas de gestión de los bienes comunes han sido abordados por distintas burocracias creadas por el Estado mexicano (Álvarez, 2000), ajenas a los procesos colectivos de apropiación, vigilancia y sanción. Éste no ha sido un error de técnica jurídica ni una acción inconclusa, sino una actitud deliberada que, en el mejor de los casos, se ha planteado como transitoria para dar lugar a formas de posesión individual.







REFERENCIAS

 

- Adcharaporn, P., Kim, Y. S., & Daughtery, P. J. (2006). What makes community forest management successful: A meta-study from community forest through the world. Society and Natural Resources, 19(1), 33-52. DOI: 10.1080/08941920500323260

- Álvarez-Icaza Longoria, Pedro (2000). "Propiedad y medio ambiente en tiempos de la Revolución Mexicana. Notas en torno al artículo 27 constitucional". Este País 111: 24-33.

- Caballero-Deloya., M. (2008). El “otro” México forestal (La actividad forestal ilícita). Revista Ciencias Forestales en México, 33(103), 149-175.

- Diario Oficial de la Federación (DOF). (2019, 14 noviembre). Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010. Recuperado 13 de septiembre de 2021, de https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=5578808&fecha=14/11/2019

- Díaz, Martín, et al. (2001). El aprovechamiento de los recursos naturales: hacia un nuevo discurso patrimonial. México: Centro Interdisciplinario de Biodiversidad y Ambiente.

- Galicia, L., Potvin, C., & Messier, Ch. (2015). Maintaining the high diversity of pine and oak species in Mexican temperate forests: a new management approach combining functional zoning and ecosystem adaptability. Canadian Journal of Forest Research, 45(10), 1358-1368. DOI: 10.1139/cjfr-2014-0561

- Harwell, M.A., V. Myers, T. Young, A. Bartuska, N. Gassman, J.H. Gentile, Ch.C.Harwell, S. Appelbaum, J. Barko, B. Causey, Ch. Johnson, A. McLean, R. Smola, P. Templet and S. Tosino. (1999) A framework for an ecosystem integrity report card. BioScience 49: pp 543-556

- Holling, C.S. 1973. Resilience and stability of ecological systems. Annual Review of Ecology and Systematics 4:1-23.

- Masera, O. R., Ceron, A. D., & Ordóñez, J. A. (2001). Forestry mitigation options for México: Finding synergies between national sustainable development priorities and global concerns. Mitigation and Adaptation Strategies for Climate Change, 6(3-4), 289-310. DOI: 10.1023/A:10133270.

- Nietzsche, F. (2018). El nacimiento de la tragedia (2018.a ed.). Ciudad de México, México: Editores Mexicanos Unidos.

- Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura [FAO]. (2015). La Evaluación de los recursos forestales mundiales. Roma, Italia.

- Patten, B.C. y E. Odum 1981. The cybernetic nature of ecosystems. American Naturalist 118:886-895.

- Perry, D.A. 1998. The scientific basis of forestry. Annual Review of Ecology and Systematics 29: 435-466.

- Procuraduria Federal de Proteccion al Ambiente. (2020, 23 marzo). Importancia de los Ecosistemas Forestales; Especies de los Bosques y Selvas. Recuperado 13 de septiembre de 2021, de https://www.gob.mx/profepa/es/articulos/importancia-de-los-ecosistemas-forestales-especies-de-los-bosques-y-selvas?idiom=es

- Puettman, K.J., K.D. Coates & C. Messier. 2009. A critique of silviculture. Managing for complexity. Island Press, Washington D.C.

- Rzedowski, J. (1991). Diversidad y orígenes de la flora fanerogámica de México. Acta Botánica Mexicana, 14, 3-21.

- Segura-Warnholtz, G. (2014). Quince años de políticas públicas para la acción colectiva en comunidades forestales. Revista Mexicana de Sociología, 76(5), 105-135.

- Smith, D.M., B.C. Larson, M.J. Kelty & P.M.S. Ashton. 1997. The Practice of Silviculture: Applied Forest Ecology. John Wiley, Nueva York, EUA.

- Vázquez, V. (2015). Manejo forestal comunitario, gobernanza y género en Hidalgo, México. Revista Mexicana de Sociología, 77(4), 611-635.

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