Los ciclos climáticos de la Tierra y una anomalía

Frío o caliente, el planeta ha sido alojamiento de vida y muerte. Conoce los ciclos naturales que las han propiciado durante miles de millones de años y su diferencia con el cambio climático de hoy.

La Tierra no está quieta. Dentro y fuera de ella hay movimientos en distintas escalas de tamaño y tiempo. Su posición cósmica, no sólo en su sistema planetario, sino también en la Vía Láctea, la hacen poseedora de ciclos naturales, los que suceden de manera inevitable sin que, desde una perspectiva antropocéntrica, las acciones humanas influyan.

Entre esos ciclos naturales están los climáticos, que son cambios de temperatura constantes de larga permanencia que modifican la atmósfera, los relieves y las aguas, y a partir de los cuales ha surgido y se ha extinguido la vida de miles de plantas, animales y otros organismos, especies que sobrevivieron, evolucionaron o que conocemos sólo a través de vestigios, otras de las que jamás habrá rastro y unas más que no existen siquiera en el imaginario. Pero no hay que confundir a los ciclos naturales climáticos de la Tierra con el cambio climático actual, cuyo detonador principal sí somos los humanos, es de corta duración y, más que unirse a un ciclo, cataliza el fin de seres y ecosistemas de forma irreversible. He aquí una explicación para evitar la confusión.

Ciclos climáticos naturales terrestres

Son períodos repetitivos en los que el planeta se calienta o enfría según la cantidad de radiación solar que recibe (insolación) durante millones o miles de millones de años. Los efectos de estos cambios de temperatura han ocasionado cinco largas eras glaciales o glaciaciones, con períodos interglaciales cálidos más cortos, desde hace 2,400 millones de años, en los al menos 4,500 millones de años de edad de la Tierra; es decir, las variaciones de frío y calor se han repetido cinco veces, de ahí que sean ciclos.

El geofísico serbio Milutin Milanković empleó las matemáticas para entender la relación de los cambios climáticos de larga duración con los movimientos terrestres respecto a la distancia con el Sol. Gracias a lo que descubrió, sabemos cómo las variaciones de insolación afectan el clima de la Tierra. Identificó al menos tres movimientos que provocan las variaciones de insolación:

Excentricidad: Cantidad de radiación solar que recibe la Tierra respecto a la forma que adopta su órbita: una casi circular y una ligeramente alargada en forma de elipse. La transición cuasi-círculo y elipse y viceversa es lenta, de unos 98,000 años, y hay una variación de distancia de sólo 3% entre ambas y 6% de la recepción de energía solar. Entre más elíptica sea la órbita de traslación, el planeta recibirá un poco más de radiación porque habrá un punto más cercano al Sol. Actualmente, estamos viajando en una órbita casi circular, es decir, en un año recibimos la misma cantidad de energía solar.

Oblicuidad: Inclinación del eje de rotación del planeta respecto a su plano de órbita (su traslación alrededor del Sol); es decir, este eje también está en movimiento, como un metrónomo que se inclina lentamente de un lado a otro durante 41,000 años, por ende, su ángulo en grados varía, entre 22.1º y 24.5º. Hay más exposición solar en el hemisferio norte y menos en el hemisferio sur cuando el eje se inclina hacia el Sol, y viceversa, por ello ambos hemisferios se calientan más que el otro en las estaciones del año. Hoy el eje está a 23.4 grados; esto implica que el hemisferio norte tiene el día más largo y la noche más corta del año, y el hemisferio sur el día más corto y la noche más larga del año. 

Precesión: El eje de rotación se inclina, pero también cambia de orientación mientras el planeta se tambalea por la fuerza de atracción con la Luna, Júpiter, Saturno, y por supuesto, el Sol. Cual trompo, la punta del eje forma un círculo al girar inclinado, durante un periodo de aproximadamente 25,771.5 años. La percepción actual provoca, por ejemplo, que el hemisferio norte reciba más radiación solar durante el invierno.

Al combinar los tres movimientos durante miles de millones de años, la exposición solar cambia en todo el planeta, con ciertas tendencias en las zonas polares y ecuatoriales. Algunas regiones suelen estar más frías que otras temporalmente, mientras que en el globo entero hay temperaturas altas o bajas constantes.

Como hábitat, entonces, la Tierra se mueve y, con ello, muta en su interior. El hielo cubre su superficie durante las glaciaciones, se derrite en las interglaciaciones y aparece nuevamente en una nueva glaciación. Esto ha ocurrido con y sin la presencia humana desde los inicios de la Tierra, pues los homo sapiens comenzamos a andar en el planeta apenas hace 200 o 350,000 años (ni un millón) y, como especie, hemos sobrevivido a dos eras glaciales, dentro del periodo geológico Cuaternario, que comenzó hace 2.588 millones de años y continúa. Es decir, se ha estimado que en el periodo geológico Cuaternario, ha habido cuatro glaciaciones principales, de las cuales hemos vivido dos. La última terminó hace 10,000 años y le siguió una etapa interglacial, menos helada y más cálida, en la que todavía nos encontramos.

Durante este último periodo glacial, el hielo era prominente en el norte y el sur del planeta. Algunos humanos que lograron resistir las temperaturas, particularmente los del sur de Etiopía, se trasladaron a montañas altas, de 4,000 metros sobre el nivel del mar, las Montañas Bale. Ahí, pese al frío, la alta frecuencia de lluvias y el bajo nivel de oxígeno, se adaptaron física y culturalmente, pues, de acuerdo con un estudio de la Martin-Luther-Universität Halle-Wittenberg, en Alemania, dicho lugar estaba alejado de los territorios de glaciares, por lo que los homo sapiens desarrollaron capacidades nuevas para su supervivencia, como su adaptación a lugares con niveles de oxígeno menores a los acostumbrados. Tenían suficiente agua debido al derretimiento progresivo del hielo sucedido a través de los años, se alimentaban de grasas y carne de mamíferos, como roedores gigantes y mamuts lanudos, a falta de vegetales, y con ello obtenían las calorías necesarias para enfrentar las condiciones adversas. Por el consumo humano y las condiciones del clima, algunos mamíferos gigantes, a su vez, sucumbieron: gatos dientes de sable, perezosos terrestres o mastodontes, por nombrar algunos. Otros más pequeños sobrevivieron, incluyendo chimpancés, siervos, osos, canguros y felinos.

De la misma manera, en las glaciaciones previas a la era Cuaternaria, surgieron y desaparecieron innumerables seres vivos, por ejemplo, los primitivos, los multicelulares, los anfibios, los reptiles, los primeros mamíferos, las plantas con flores… El planeta Tierra, pues, aloja vidas que se adaptan o mueren en ciertos escenarios y condiciones atmosféricas. Son vidas capaces de modificar también su entorno, de alterar los ecosistemas y su simbiosis con especies distintas, y vaya que los humanos lo hemos hecho.

Cambio climático originado por factores humanos

Aunque pudiera parecer una explicación fácil, los ciclos naturales terrestres que acabamos de explorar no son el factor primordial del cambio climático que hoy experimentamos debido a estas razones:

- El cambio climático actual se asocia con el efecto invernadero ocasionado por la quema de combustibles fósiles de la primera Revolución Industrial; por tanto, el origen es antropogénico, esto es, a causa humana.

- El registro más antiguo del incremento del dióxido de carbono en la atmósfera es 1830; es decir, el cambio climático reciente lleva 191 años. En ese tiempo, el clima del planeta ha aumentado 1.2º C. En 1880, la temperatura global de la superficie terrestre y los mares era de -0.16º C; y en 2020, de 1.2º C. La Organización Meteorológica Mundial (OMM) estima que en 2024 sea de 1.5º C. Entonces, el ritmo del cambio en el clima terrestre es acelerado (medido en décadas), no lento, como sucede en los ciclos naturales (medidos en miles o millones de años).

- Los ciclos naturales se relacionan con el aumento o descenso de la cantidad de radiación solar que llega al planeta, pero en los últimos 40 años, esta cantidad ha disminuido. Por consiguiente, el calentamiento global no se puede atribuir a un aumento en radiación solar.

- Estamos en un periodo interglacial: entre un periodo glacial pasado y uno que en miles de años podría ocurrir. Por ende, estaríamos encaminándonos a un clima global cada vez más frío, no caliente, pese a que los periodos interglaciales no son helados, sino con estados fríos y cálidos.

 

En ese contexto, los humanos, nacidos de una combinación de efectos de cambios de temperatura y materia terrestres, hemos alterado los ecosistemas en el planeta que nos aloja, inevitablemente ahora de manera más consciente. Las emisiones excesivas de dióxido de carbono, metano, óxido nitroso, clorofluorocarbonos y vapor de agua, a raíz de la quema de carbón, petróleo y otros combustibles, la deforestación y otras actividades, han apresurado no sólo nuestra adaptación fisiológica a las variaciones de temperatura, en especial a las altas, sino también la del resto de los seres vivos. Algunas especies lo han logrado, pero otras caen de forma abrupta, conformando lo que se ha denominado la sexta extinción masiva en la historia de la Tierra.

El círculo de la vida

En 2017, la Universidad de Washington publicó un estudio en el que decían que, ante el cambio climático y el calentamiento global, “muchos anfibios, mamíferos y aves se trasladarán a áreas más frías, fuera de sus rangos normales, siempre y cuando encuentren espacio y una trayectoria larga entre nuestros desarrollos urbanos y ciudades en crecimiento”, pero ¿qué pasará con los peces? 

Asumiendo que no todos los organismos son igualmente sensibles a los cambios del clima, un grupo de científicos de tal universidad estudió los patrones ambientales que pondrían en riesgo a 3,000 especies de peces en océanos y ríos. Descubrieron, por ejemplo, que los peces de agua fresca en altitudes altas del hemisferio norte estarán en mayor riesgo cuando las aguas tengan mayor temperatura. Tendrán que moverse rápidamente a otros lugares para adaptarse a los cambios o estarán obligados a adaptarse de manera inmediata sin moverse, lo cual tiene un alto índice de fracaso. Mientras tanto, los peces que viven en los trópicos están más acostumbrados a climas cálidos, sin embargo, solo pueden aguantar hasta cierto punto antes de también necesitar moverse a aguas más frías. “Los peces emigrarán, se adaptarán o morirán mientras las temperaturas continúen creciendo”.

El ejemplo de la supervivencia de los peces es, pues, uno entre tantos que demuestran que el cambio climático va rápido y que no corresponde a un ciclo natural ni de temperatura terrestre ni de vida. Los efectos del cambio climático, entonces, transforman el comportamiento y la coexistencia entre todos los organismos vivos, tanto sobre la tierra como bajo el agua. Hasta ahora no hay registro claro de los cambios genéticos o morfológicos, pero de sus ciclos de vida sí, como distintos periodos de hibernación, apareamiento o migraciones. 

Si, incluso por mera curiosidad, observamos los modelos geográficos basados en imágenes satelitales, es posible visualizar “desde tercera persona” los cambios atmosféricos en el planeta en tiempo real, como la formación y descongelamiento de los polos, la disminución de aguas en ríos o mares, o el crecimiento del agujero de la capa de ozono. Con esa perspectiva, dentro del planeta, podemos presenciar de forma más cercana algunos de los impactos previsibles del cambio climático:

- Elevación del nivel del mar

- Incremento de especies animales y vegetales en peligro de extinción

- Descenso de reservas de aguas

- Desaparición de glaciares

- Pérdida de humedales

- Aumento de mala nutrición y de enfermedades infecciosas y epidemias

- Ascenso del índice de mortalidad y morbilidad

- Intensificación de olas de calor y sequías

La mano humana cataliza los ciclos naturales del planeta, hasta ahora para abastecerse de más recursos. En la filosofía moderna se ha rescatado el significado de habitar como “cuidar de” o “mirar por”, y el de cuidar como “proteger”, “custodiar” o dejar algo en la esencia del lugar que se habita o vive. Puesto que habitamos el planeta, nuestra conducta repercuta en él. “Los mortales habitan en la medida en que salvan la tierra […]. La salvación no sólo arranca algo de un peligro; salvar significa propiamente: franquearle a algo la entrada a su propia esencia. Salvar la tierra es más que explotarla o incluso estragarla. Salvar la tierra no es adueñarse de la tierra, no es hacerla nuestro súbdito, de donde sólo un paso lleva a la explotación sin límites”.

Este mensaje heideggeriano, en otras palabras, explica que para que los mortales habitemos propiamente la tierra (y la Tierra), dejamos que sus condiciones, estaciones, superficies y elementos sean como son, sin dañarlos. Y, puesto que estamos en este planeta, debemos aprender a habitarlo, cuidarlo; aprender a adaptarnos a él para adecuarlo o protegerlo, y así tener una vida y muerte placenteras en él, que es el único objetivo certero del humano. “Los mortales habitan en la medida en que conducen su esencia propia —ser capaces de la muerte como muerte— al uso de esta capacidad, para que sea una buena muerte”. En ese sentido, desde cualquier perspectiva científica o humanista, el mensaje es similar: los organismos habitan en un planeta con características naturales cíclicas y, si existe conciencia, es posible evitar o mitigar más daños, para coexistir en vida y muerte de la manera más benéfica posible para la misma Tierra.

 

 

Referencias

Buis, Alan (2020). “Milankovitch (Orbital) Cycles and Their Role in Earth's Climate”. NASA News. https://climate.nasa.gov/news/2948/milankovitch-orbital-cycles-and-their-role-in-earths-climate/

Heidegger, Martin (2007). “Construir, habitar y pensar”. En La pregunta por la técnica (y otros textos). Folio: Barcelona. pp. 43-63

Lise Comte, Julian D. Olden. “Climatic vulnerability of the world’s freshwater and marine fishes”. Nature Climate Change, 2017; DOI: 10.1038/nclimate3382

Nerilie, J. Abram, et. al. (24 August, 2016). “Early onset of industrial-era warming across the oceans and continents”. Nature. https://www.nature.com/articles/nature19082

NSF. “Large Ice-Age Mammal Extinctions: Humans and Climate the Culprits”. NSF News. https://www.nsf.gov/news/news_summ.jsp?cntn_id=122133

Ossendorf, Götz (2019). “Middle Stone Age foragers resided in high elevations of the glaciated Bale Mountains, Ethiopia”. Science; 365 (6453): 583 DOI: 10.1126/science.aaw8942

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